CULTURA

Javier Sinay: “El crimen es una puerta de entrada a una historia más grande”

Javier Sinay indaga en el delito joven en un libro de crónicas.

“Sangre joven”, un libro de crónicas sobre delitos juveniles escrito por Javier Sinay, se reedita más de diez años después y presenta dos capítulos inéditos que aportan una nueva perspectiva sobre la realidad social, a partir de diversos crímenes que, por implicar “momentos muy límites”, permiten ver “la esencia de una generación”.

Durante el trabajo de campo que demandan las crónicas narrativas y sobre el proceso de escritura en torno a asesinatos, el escritor argentino sostiene que es necesario “un poco de sangre fría”, porque solo de esta manera es posible meterse en historias “tan duras y desgraciadas”.

“Necesitas distancia pero, a la vez, la suficiente cercanía para entender la mirada de cada uno, lo que te cuentan aunque sean miradas opuestas, aunque hables con el asesino o un familiar de la víctima y empatizar con las personas alrededor del caso”, dice.

Desde la primera página, el libro publicado por Tusquets se adentra en la complejidad de los homicidios y utiliza al crimen como una excusa para indagar en “los consumos culturales, la forma de hablar, por dónde se movía, por qué circuitos iba esa generación que está retratada en el libro”, cuenta Sinay en entrevista a Télam.

A través de distintas historias donde los protagonistas son tanto víctimas como victimarios, el ganador del Premio Gabriel García Márquez (2015) invita a lectores y lectoras a elaborar hipótesis acerca de por qué matan los jóvenes.

-Télam: ¿Cambió tu perspectiva con respecto a la generación de los jóvenes que describís en esta nueva edición de ´Sangre joven´, desde el año 2009 cuando se publicó el libro hasta hoy?

-Javier Sinay: No sé si cambió. Cuando empecé con este libro tenía una mirada muy urgente sobre el tema. Era la mirada de un cronista veinteañero que quería retratar a su generación y, ahora, con un poco más de madurez, esa mirada urgente se trasladó a una más atemporal. Y por eso agregué el epílogo, que no estaba en la primera versión e intenta dar una respuesta a la pregunta “¿por qué matan los jóvenes?”. Justamente, como la primera edición del libro era más urgente, no me había detenido a tratar de entender por qué. En esta segunda vuelta lo intenté. Quedé lejos de poder lograrlo porque es difícil dar respuesta pero, al menos, ensayé algunas hipótesis.

-T.: ¿Por qué considerás que los crímenes echan luz sobre los aspectos de una generación?

-J.S.: Los crímenes son momentos muy límites, actos salvajemente humanos donde está condensada la esencia de una generación. Alrededor, está todo el tema de los consumos culturales, la forma de hablar de una generación, por dónde se movía, por qué circuitos. El crimen tiene que ser una excusa para hablar de otras cosas. En general, cuando escribo este tipo de crónicas busco ver qué más hay detrás del crimen y qué nos dice a nivel cultural, social, humano. Entonces, el crimen es una puerta de entrada a una historia más grande, tiene que ser más grande que sí mismo en estas historias. Si te quedás solo en el crimen lo que vas a construir es un relato sensacionalista y maniqueísta, morboso. Para construir un relato que busque ser complejo, que te lleve a otros lugares, tenés que ir más allá del crimen.

-T.: ¿Por qué la decisión de dedicarle el libro a una de las víctimas, Federico Medina?

-J.S.: Porque ese es el caso que me inspiró a hacer el libro, fue el que mejor representó el momento en el que decidí cruzar estos dos caminos: el del crimen y el de la cultura joven. Hay algunos casos que los empecé a ver y trabajar para el libro pero ese caso lo había trabajado desde antes. Aparte, por la buena relación que tuve con la madre y con el primo. Me parecía que le debía algo a él y a la vez no quería dedicarle el libro a un familiar mío porque no iba por ahí. Es un libro más duro, no para dedicárselo a alguien de mi intimidad.

-T.: En esa crónica hay testimonios que le echan la culpa a la mujer (Pimpollo) que está involucrada en “Los amantes de Villa Pueyrredón”. ¿Considerás que hoy, por el clima de época feminista, cabría una lectura diferente?

-J.S: Una de las cosas que trabajé en esta versión fue tratar de ecualizar un poco la perspectiva de género que, en 2009 cuando salió el libro, todavía el femicidio no era una figura legal del Código penal. Fue hace poco pero era otro mundo. En el capítulo de Pimpollo agregué algunas líneas, tratando de dar un poco más de sutileza respecto a lo que se decía sobre ella. Especialmente, en la parte que hablo con un policía que le carga las tintas a ella. Puse una línea que dice: “El policía, comprobaría yo, no era la única persona que veía a la persona con saña”. Es una sutileza pero intenta darle un poco más de contexto actual.

Fue un trabajo delicado pero tampoco había que cambiar la esencia del libro o tergiversar cosas que me fueron dichas por gente en ese momento. Me ayudaron dos colegas mujeres muy metidas en temas de perspectiva de género. Algunas cosas las cambié, en otras quizás no quise forzar tanto el libro pero está la intención de actualizarlo en ese sentido.

T.: Hay una transformación en el personaje que instalas de Axel Lucero del nuevo capítulo “Rápido, furioso, muerto” ¿Qué significa la metáfora de “chico bueno a chico malo”?

J.S.: Cada crónica puede resumirse en un enunciado muy breve y siempre pensé que esta historia era “El viaje iniciático”. En el caso de Axel Lucero, él sale de su casa a conocer el mundo, se junta con algunos amigos, toma algunas decisiones y termina desgraciadamente. Él está probando los límites. Tiene 16 años, es un adolescente y, en ese sentido, sentí que podía comprender lo que era probar los límites a esa edad. A mí no me tocó estar en ese barrio, con esos amigos. Capaz prendí un cigarrillo, algo de una ingenuidad total. Pero entiendo que la actitud puede ser comprensible a la que tienen chicos de distintos lugares y distintas situaciones. Hay una especie de transformación de Axel pero no traté de moralizar sobre eso, sino contarla de acuerdo a cómo me fue contada.

T.: A partir de este capítulo, ¿a qué hipótesis llegaste sobre la naturalización de las muertes por violencia institucional?

J.S.: Con el crimen de Axel Lucero y con otros cinco, Julián Axat, abogado en ese momento y defensor oficial de menores de La Plata, que hoy está al frente de Atajo (una oficina del Ministerio Público Fiscal), elevó una denuncia ante la Suprema Corte Provincial de Buenos Aires pidiendo que se investiguen seis casos donde los muertos eran pibes y los asesinos habían sido policías que supuestamente se estaban defendiendo de robos de esos pibes. Esos casos se cerraban solo con una investigación en la que declaraba el policía y no había muchas pruebas más, se le creía al policía. Se naturalizaban los crímenes, se sumaban. No era una copia de un asesinato tras otra, sino que era como un “dejar hacer”.

Desde ese momento, Julián Axat me mandó noticias de pibes asesinados en robos por policías de civil en supuestos robos de motos. Es increíble lo seguido que se repiten. En el caso de Axel Lucero, al final, ese policía terminó exculpado porque la pericia clave era la de los disparos y decían que habían sido de frente, si hubieran sido de espaldas, hubiera sido un exceso de la legítima defensa. Pero igual la serie de casos es larga y continua. Evidentemente hay una naturalización de estas mecánicas.

T.: Otro de los capítulos es el caso de Marilyn Bernasconi, joven en transición de su identidad que asesina a su familia, ¿qué desafíos atravesaste al momento de pensarlo desde una perspectiva de género?

J.S.: Como ya es bastante terrible lo que pasó, no tenía tanto sentido cargar y cargar las tintas. El hecho habla por sí solo. Marilyn le disparó por detrás a su madre y al hermano, ya es bastante horrible. ¿Qué más puedo decir? Lo que quiero es contar por qué hace eso, qué opina de haberlo hecho. Dar un contexto y contar cómo eventos ordinarios, rutinarios, se vuelven extraordinarios. Cuando entrevisté a Marilyn, recién estaba empezando su transición. Jugaba con el nombre Marilyn y con su nombre anterior, tenía una pareja -con la que después se casó- pero se percibía más como un varón gay en ese momento. Después fui siguiendo la historia en los medios pero no le volví a entrevistar.

Lo que hice en este libro fue agregar un paréntesis que habla de la transición. La idea surgió de una sugerencia de Ana Fornaro, que es una de las editoras de Presentes, una agencia de noticias web LGBTIQ+. Ella me dijo que pensara en el proceso que estaba haciendo Marcelo/Marilyn, que pensara en cómo usar su nombre. Como el texto ya había sido publicado con el nombre Marcelo, lo traje con ese nombre a pesar de que hoy es Marilyn para mantener el espíritu original de esa crónica, porque entrevisté a esa persona antes de que fuera Marilyn. Me pareció bien aclarar todas estas cuestiones sobre la identidad en un largo paréntesis y después seguir como había sido publicada la crónica en 2012.

Sinay: “A veces ocurre que escribiendo entendemos un poco mejor el mundo que vivimos”

“Sangre joven”, del laureado escritor Javier Sinay, se sirve de la crónica para narrar diferentes crímenes ocurridos a partir del 2002 en la Argentina, ilustrando una generación desde diferentes aristas, como las relaciones afectivas, los consumos culturales, sus intereses y lugares frecuentes, en un contexto violento y en constante ebullición, como una forma de “poner palabras” y “darle algún sentido” a los homicidios juveniles.

-Télam.: ¿En qué sentidos considerás que tu libro emerge a partir de una época violenta y de una Argentina con heridas de los ´90 y el estallido del 2001?

-Javier Sinay.: Claramente es el resultado de varios años de violencia contra la juventud. Los antecedentes más claros son la violencia de los ´70 sobre los jóvenes. No me refiero solo a la dictadura sino también a los años previos, a la Triple A y el trato que tenían las fuerzas policiales con la juventud. Lo que vino después, especialmente, en la década del 90 con casos como Walter Bulacio y Miguel Bru, que fueron abonando un camino bastante duro y a fines de los 90, principios de los 2000 y con la crisis del 2001 desembocó en todas estas historias que hay acá, que ocurren entre 2002 y 2008. Las ultimas dos en 2011 y 2013. La violencia es una corriente que hace empujar todo este río que desemboca en estos ocho casos donde está naturalizado que los jóvenes vivan su vida a través de hechos tan violentos, como una consecuencia grande de toda esa historia que traemos.

-T.: ¿Qué temple se necesita a la hora de encarar el proyecto de escribir un libro sobre asesinatos?

-J.S.: Principalmente, tenés que estar dispuesto a meterte hasta el fondo de la historia e investigar mucho, hablar con muchas personas, que a veces no es muy simpática o con gente que tiene mucho dolor. Finalmente, se tiene que tener mucho respeto a la hora de escribir la historia sobre cada una de esas personas. Eso me lo hizo notar el padre de una de las victimas de la masacre de Carmen de Patagones, un chico de 15 años que había muerto en el aula cuando Junior empezó a disparar. Lo había entrevistado en Carmen de Patagones muy tarde a la noche porque el señor trabajaba en un camión y volvía muy tarde. Me contó la historia del hijo, cómo fue el caso. Volví para entrevistarlo al día siguiente pero no quiso. En la puerta de su casa, me dijo “¿sabés que pasa? Ustedes los periodistas vienen acá, se llevan sus historias, no vienen más y nos dejan a nosotros enterrados en el dolor”. Fue durísimo. No sé porqué le dije, aunque creo que estuve bien, “sí, es verdad”.

Él se refería a los móviles de la televisión que habían ido a penas ocurrió el hecho. Yo era periodista, no podía mirar para otro lado y sacarme el peso de todo eso. Entonces agregué: “Pero usted me recibió ayer, me contó cosas y estoy trabajando en una crónica sobre todo esto. ¿Cómo cree usted que debería hacer mi trabajo?”. Me respondió: “Cuando escribas, pensá que mi hijo te va a estar mirando sobre tu hombro, desde el cielo”. Ahí entendí que tenía que hacerlo con respeto.

-T.: En algunas crónicas aparece la decisión de los involucrados de escribir sobre lo ocurrido, ya sea en una carta o en un diario íntimo. ¿Qué pensás que implica el acto de dejar en palabras los crímenes?

-J.S.: Hay algo muy interesante de los crímenes que son actos salvajes, violentos y breves. Duran unos minutos, es un acto corporal, un despliegue de fuerzas y se acabó. Después vienen una cantidad de discursos, uno sobre otro: el discurso policial, el discurso judicial, el médico forense, el discurso político, el literario, el psicológico y por supuesto, el autobiográfico en el caso de las cartas.

Esta torre de palabras y papeles que viene después la construimos como sociedad porque no sabemos qué hacer con los crímenes, porque son inexplicables y sin embargo, ocurren. Entonces, le tenemos que poner palabras para darle algún sentido y, así, se va formando este infinito de relatos enmarcados, uno dentro de otro. A veces ocurre que escribiendo entendemos un poco mejor el mundo que vivimos, y a veces ni siquiera escribiendo.

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