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Clara Obligado: «Ya no soy argentina del todo y nunca seré española»

Barcelona Actualizado: Guardar

Existen muchas maneras, casi tantas como libros ha escrito, de presentar a Clara Obligado (Buenos Aires, 1950), pero pocas tan ilustrativas como la que escoge el editor de Páginas de Espuma, Juan Casamayor, segundos antes de cederle la palabra. «Cuando en España sólo había talleres de coches, ella hizo el primer taller de escritura creativa», celebra. De eso, claro, han pasado ya unas cuantas décadas, años que se arrejuntan y repliegan para acabar infiltrándose en las páginas de ‘Todo lo que crece’, ensayo híbrido con el que la argentina evoca su infancia mientras desliza reflexiones literarias y explora la huella de la naturaleza en la propia vida.«Pienso en las migraciones y las semillas, en cómo un árbol inmóvil atraviesa

 continentes», escribe Obligado, que en 1976 también tuvo que atravesar continentes huyendo del horror de la dictadura argentina.

Llegó a España, pasó por Barcelona y acabó instalándose en Madrid, donde, ya saben, empezó a cambiarle el apellido a los talleres. De la mecánica automovilística a la creación literaria para compartir parte de lo que había aprendido en la universidad de un tal José Luis Borges, profesor de literatura inglesa además de titán de las letras argentinas. «No era un gran orador, pero la gente le seguía por la calle hablando de literatura. Él no te interrumpía nunca. ‘¿Cómo voy a interrumpir a una señorita?’, decía. Hacía exámenes orales y nos ponía a todos un 10. De pronto se ponía a hablarnos en anglosajón y no entendíamos nada», recuerda.

Con ‘Todo lo que crece’, Obligado sigue echando raíces en ese «pensamiento femenino, al estilo de María Zambrano o Natalia Ginzburg» que, apunta, parte de lo cotidiano para llegar a lo más abstracto». «Ginzburg te habla de unos zapatos para hablarte de la guerra», ilustra. Y ella habla de la naturaleza para hacerlo en realidad de la condición humana, de su lugar en el mundo. «Yo no soy argentina del todo y nunca seré española. Y ese es un punto de vista en el que está buena parte de la humanidad. Me interesa mucho trabajar la literatura desde ahí», explica.

Optimista «militante» ya que, destaca, puestos a «adivinar el futuro» prefiere tener una mirada positiva para «seguir creyendo en ese futuro», la autora de ‘La hija de Marx’ retrocede hasta los días de Adán y Eva, desnudos y felices en el Paraíso, para buscar paralelismos en aquel primer castigo botánico que alumbró el Génesis. «Yo he vivido en el jardín del Edén, pero ahora es un lugar en el que uno se pone triste», señala al recordar su infancia en la pampa argentina. Por ahí, explica, trotaban potros salvajes, correteaban avestruces.

El monocultivo, sin embargo, arrasó con todo. «La soja se lo comió todo», lamenta Obligado, quien encontró el tono y el ritmo de ‘Todo lo que crece’ mirando de las montañas de Gredos desde Robledillo de la Vega, población cacereña en la que pasó parte parte de la pandemia. También ahí siguió dándole vueltas a un diccionario de literatura latinoamericana que acaba de publicar Nórdica y en el que los autores del ‘boom’, explicados ya del derecho y del revés, desaparecen del mapa para dejar paso a Alejandra Pizarnik, Clarice Linspector, Roberto Bolaño, Rómulo Gallegos o Leonora Carrington, entre otros.

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