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Otra Navidad en pandemia: diciembre rojo

Navidad en pandemia

Navidad blanca

Escribo “diciembre rojo” en oposición a “Navidad blanca”, la célebre canción popularizada por Bing Crosby en los ’50 y a la imaginería que ella dinamiza: pureza, amor, bondad, paz, y todo eso “con la nieve alrededor”, como dice la letra. Nada más alejado de nuestro diciembre estival y desde hace muchos años para nada pacífico en lo que refiere a lo social y político.

 

Diciembre, para argentinas y argentinos, suele ser un mes convulsionado, donde se pone de manifiesto que el dinero no alcanza, los salarios han quedado rezagados en la carrera contra la inflación, abunda la desocupación y la pobreza, etc. Eso ha hecho de nuestro diciembre un mes particularmente tumultuoso y difícil, siendo acaso el de 2001 el ejemplo extremo de lo que comento.

 

Por eso rojo, por lo caliente del verano pero también por lo caldeados que suelen estar los ánimos de reivindicación y reclamos. En este clima alborotado, donde algunas veces en la Ciudad de Buenos Aires y el Conurbano las altas temperaturas dejan al descubierto la desinversión de las empresas distribuidoras de electricidad desde hace décadas por medio de cortes muchas veces sorpresivos y larguísimos, la canción de Crosby y también los villancicos de aire medieval -por otra parte de raigambre erótica y picaresca- suenan irónicos.

 

A lo comentado hasta aquí debemos sumarle otro factor importante que lamentablemente abona también en el sentido de la intranquilidad: estas serán nuestras segundas fiestas navideñas en pandemia, situación inédita en el último siglo.

 

La situación pandémica que hace un año nos tenía esperanzados a algunos y desconfiados a otros respecto de la llegada de las vacunas a nuestro país, hoy nos sigue asustando con el alfabeto griego; ómicron es la nueva amenaza, lamentablemente ya arribada a nuestro territorio. Este horizonte es preocupante.

 

Una bacanal domesticada

 

Desde el psicoanálisis, me interesa pensar en dos tipos de pulsiones que se vuelven hegemónicas cuando el sentido religioso de la fecha está oculto o acaso perdido tras los rituales corrientes de cada familia: básicamente comer en exceso y regalarse objetos. Supongo que esta es la versión navideña de muchas familias argentinas, una festividad despojada de contenido religioso más allá de algún pesebre decorativo y manjares varios -los que se pueda en cada casa- acompañados de frutas secas, abrillantadas y turrones hipercalóricos, como si realmente estuviéramos en la nieve.

 

Una semana antes de conmemorar la fecha de la circuncisión de Jesús –hecho muy bien estudiado y analizado por Arnaldo Rascovsky en su clásico libro El filicidio– nos reuniremos a celebrar una navidad que paganizada se asemeja al carnaval, aunque con la especificidad pulsional mencionada: comer y regalar. En la festividad de febrero, en cambio, el acento recae sobre dos características básicas: por un lado, la pulsión preponderante está ligada a la carnalidad erótica, a una liberación sensual; por otro, al disfraz, al relajamiento de los roles y los semblantes, como en la canción de Serrat: “Hoy el noble y el villano, el prohombre y el gusano bailan y se dan la mano sin importarles la facha”. Si se quiere, podríamos pensar a la navidad paganizada como a una especie de carnaval deserotizado. O mejor, podríamos decir que si la erótica del carnaval es correlativa del intercambio de roles y la liberación de los sexos, en cambio, la erótica de una navidad secularizada tiene aspectos más bien regresivos: comer y dar / recibir, o bien no dar. Dicho de otra manera, en la navidad seglar la característica está dada por la voracidad y la analidad.

 

A estas alturas cualquiera podría preguntarse: ¿y qué nos importa lo que un psicoanalista diga respecto de la oralidad o analidad de una supuesta declinación navideña desvaída en su coloratura religiosa? No sé la respuesta a la pregunta pero puedo explicar por qué me parece interesante situar la erótica de la voracidad y el erotismo anal en las navidades argentinas. Paso a explicarme.

 

En los reclamos sociales, en las movilizaciones por restauración de derechos vulnerados –a comer, tener trabajo y gozar de un salario digno, por ejemplo- se actualiza la configuración de pedirle al Otro, reclamar, incluso a los gritos y con violencia. Y el Otro da o no, de acuerdo a sus posibilidades y a su arbitrio. Allí, en esa lógica de reclamos y protestas, de saqueos y represiones que no dan lo que se pide sino algunas veces palos y balas, allí se puede ver patente la postal del diciembre rojo de la Argentina, cuyo nombre -un adjetivo, como ha sabido observar Borges: nuestro país es la “República plateada”- parece un oxímoron bajo su amenaza. La potencia del descalabro escarlata se constata en que aun cuando no necesariamente todos los diciembres sean catastróficos, sin embargo la imagen acecha como fantasma temido.

 

Los roles intrafamiliares

 

Aun así, en este contexto tenso y agobiante, en este navidad pagana que se parece más a un “Verano porteño” y a un “Violentango” piazzollianos que a un villancico, los argentinos nos reunimos en familia para celebrar. A pesar de todos los diciembres rojos pasados -este año se cumplen dos décadas de aquella tragedia horrible imposible de olvidar- los argentinos tenemos el hábito de mantener vigente la tradición de celebrar la navidad en familia. En este punto, en una trasposición de lo social a lo familiar, les propongo que examinemos juntos la estructura determinada por las lógicas de comer y dar / no dar en los juegos de roles intrafamiliares.

 

Para plantear el tema, les propongo recordar el film clásico de Woody Allen “Hannah y sus hermanas”. El personaje protagónico que da el nombre a la película -interpretado por Mia Farrow- tiene el rol de cohesionar y sostener la unidad familiar. Ella es amorosa y generosa. Además, exitosa en la profesión y aparentemente bienaventurada en lo sentimental. Eso la vuelve un personaje admirado y, como sucede muchas veces con la admiración, su lado B suele ser la envidia. Con este planteo, la mesa está servida para que todos los integrantes de la familia extendida “sateliten” a la anfitriona año tras año. Hannah es una especie de motor inmóvil aristotélico en torno del cual el movimiento de la vida se hace posible y, en ese sentido, la película nos muestra una gama variopinta de personajes que contrastan con su estabilidad central. Se trata de inestables de todo tipo: veletas, perezosos, inmaduros, distraídos, angurrientos, egoístas, mezquinos, etc.

 

Fuera de la pantalla grande, en torno del comer y el don que se da o se retiene, seguramente también podemos observar en las familias argentinas una distribución desigual de los roles. Algunas veces, esta asimetría obedece a momentos, a etapas vitales, a situaciones coyunturales. Pero otras, estos roles están cristalizados y, como en el caso de Hannah, tanto los anfitriones y “dadores” como los satélites suelen reincidir en cuanto a quienes los encarnan y a las características de los personajes.

 

La lógica de la satisfacción de las pulsiones orales y anales por medio de la comida y la circulación de regalos hace de la mesa navideña, más o menos despojada del motivo religioso, una especie de bacanal morigerada, doméstica, en la que las familias tramitan sus afectos con sus puntos de impasse, esos lugares donde las emociones se dificultan y quedan trabadas en los anquilosamientos de algunos lugares que parecen fijos y que, por lo tanto, pueden producir cierto agobio ante la perspectiva de la reproducción de lo mismo.

 

También existe el placer de dar y la alegría de hacer sentir bien al ser querido, a los hijos, a los padres, a los otros, por supuesto. Me refiero a esa satisfacción que nos retorna a través del agrado que nos produce la felicidad del otro. Nada de lo dicho aquí impugna la posibilidad de disfrutar de una mesa navideña placentera, al contrario.

 

En una tradición argentina de diciembres rojos sería bueno tener en cuenta que la satisfacción de las pulsiones más primarias, como son la oralidad y la analidad, implican cierto grado de desconexión, de goce solitario -es decir que pueden prescindir del otro-. Este tipo de satisfacción pulsional conlleva también algunas características de comportamiento; por ejemplo dos: una agresividad hacia el otro que, llegado el caso, podría manifestarse como hostilidad; ciertas estrategias de manipulación de los vínculos. Si bien estos componentes no del todo saludables para los vínculos afectivos, de modos más o menos sublimados suelen estar presentes casi siempre, en atención a nuestra tradición argentina de excesos y diciembres rojos, al menos en lo familiar sería bueno ser cuidadosos si se quiere mantener la fiesta en paz.

Feliz Navidad.

 

*Por Martín Alomo

Psicoanalista. Doctor en Psicología. Magíster en Psicoanálisis. Especialista en Metodología de la Investigación. Profesor de y Licenciado en Psicología (UBA). Entre otros libros, ha publicado Vivir mejor. Un desafío cotidiano (Paidós 2021);  La función social de la esquizofrenia. Una perspectiva psicoanalítica (Eudeba 2020); Clínica de la elección en psicoanálisis. Vol. I y II (Letra Viva 2013).

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